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Moyá Moldes: inyección, talento femenino y expansión industrial

Ubicada en Purísima de San Rafael, municipio de Corregidora, en el estado de Querétaro, Moyá combina la fabricación de moldes, la inyección de plásticos y la capacitación técnica para impulsar el empleo femenino en la región.

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A finales de diciembre de 2013, después de 15 años de trabajo en manufactura, Enrique Morales Moya se quedó sin empleo. Lo que parecía una puerta cerrada se convirtió en una decisión de alto riesgo: emprender sin capital y con la única certeza de que sabía —y amaba— trabajar con moldes.

“Fue un volado, un riesgo”, recuerda. En ese momento solo tenía un auto, del cual se desprendió para invertir en un torno. “Emprendí con el voto de confianza de varios amigos y familiares que me decían: ‘Enrique, tú puedes, ¿por qué no emprendes?’. Y de ahí a la fecha no hemos parado.”

Doce años después, la empresa vive una etapa de expansión que combina ingeniería, manufactura y un ingrediente que no siempre aparece en los indicadores de desempeño: propósito y oportunidades de desarrollo personal para hombres y, sobre todo, para mujeres.

En 2014, Moyá arrancó con tres personas. Para 2019, el equipo rondaba las 22 personas solo en el taller y hoy son 68 entre la planta de moldes y la de inyección.

En 2014, Moyá arrancó con tres personas. Para 2019, el equipo rondaba las 22 personas solo en el taller y hoy son 68 entre la planta de moldes y la de inyección.

Hoy, Moyá Moldes tiene dos plantas: una dedicada a la fabricación, mantenimiento y reparación de moldes, y otra, recientemente implementada, destinada a moldeo por inyección de plásticos. Enrique dice sin rodeos: “No lo veo como un proyecto de negocio; para mí es un proyecto de vida”.

El oficio que se volvió vocación

Enrique entró al mundo de los moldes en el año 2000, cuando comenzó a trabajar en un taller. Desde entonces, el vínculo fue total. Su trayectoria no marcó una línea recta. Así forjó experiencia, aprendizaje empírico y desarrolló una capacidad poco común para imaginar soluciones. Esa habilidad de “ver” mecanismos y planos en su cabeza, hoy lo ha llevado a marcar una diferencia como empresario.

En 2014, Moyá arrancó con tres personas; dos eran amigos que apoyaban por horas, después de su jornada laboral. Para 2019, el equipo rondaba las 22 personas solo en el taller. Hoy son 68 entre la planta de moldes y la de inyección. Así, Enrique habla de esa etapa inicial de la empresa como una curva de crecimiento constante, impulsada por proyectos ganados y por la decisión de construir una base: gente, procesos, confianza.

La empresa se inició con servicios de reparación, mantenimiento y cambios de ingeniería. Después vino el siguiente escalón: la fabricación. “Primero tratamos de lograr la confianza de los clientes para que nos dieran la fabricación de los moldes. Y lo logramos”, cuenta, especialmente en la industria automotriz, que se volvió su principal escuela y motor de crecimiento.

Enrique Morales Moya, CEO de Moyá.

Enrique Morales Moya, CEO de Moyá.

El tiempo también trajo una revancha silenciosa: varias empresas donde en algún momento buscó empleo hoy son clientes. “Me llena de orgullo ver que varias de las empresas en las que alguna vez deseé trabajar y a las que he admirado por años, hoy son nuestros clientes”.

La pandemia llegó como prueba de fuego. “Fue todo un reto. Muchos colegas optaron por cerrar sus puertas. Nosotros tratamos de diversificar… cuidando el personal, porque me he enfocado en que el personal vaya por delante, en las buenas y en las malas”. La empresa resistió y, como ocurre en organizaciones que forman talento real, dejó huella más allá de sus paredes: parte del personal que se desarrolló en Moyá hoy lidera áreas en otras compañías e, incluso, hay quienes emprendieron por su cuenta. “Me da mucho orgullo decir que una de ellas es mujer”, agrega Enrique.

Ese énfasis en la formación también lo refrenda Maximino Morales, gerente de operaciones: “La mayor fortaleza que tiene Moyá es la generación de su propio talento”. Lo ilustra con un recorrido que se repite en el taller: personas que entran sin conocer el oficio y terminan dominando equipos y procesos. “Se inician con la limpieza de los moldes, después pasan a máquina… y ya pueden operar rectificadora, fresadora…, luego un CNC, erosión… hasta ser ajustadores”. Hoy tienen 68 colaboradores entre las dos plantas.

El salto a inyección y un 2025 que potenció el tamaño del sueño

El foco actual de la planta de inyección está en componentes para cuidado personal: piezas para bombas mecánicas, despachadores de gel, crema, champú y antibacterial.

El foco actual de la planta de inyección está en componentes para cuidado personal: piezas para bombas mecánicas, despachadores de gel, crema, champú y antibacterial.

Durante años, Moyá planeó una expansión estratégica: no solo enfocarse en el molde, sino ponerlo a trabajar. En 2025, ese plan se materializó en una nueva planta de inyección que —en menos de un año— pasó de una inyectora a once, con un crecimiento que impresiona, incluso, a proveedores y clientes.

“Por años habíamos planeado la incorporación de una planta de inyección de plásticos y en 2025 por fin la conseguimos —dice Enrique—. A comienzos del año eran solo cuatro personas en inyección con una máquina. Hoy son cerca de 46 personas dedicadas a la inyección con 11 máquinas.”

En planta operan equipos de marcas europeas reconocidas, como Arburg y Wittmann. Enrique lo subraya porque añade un componente adicional en su historia: muchas de las operadoras provienen de comunidades donde nunca habían visto una inyectora, un molde o un proceso industrial de alto nivel. Y a través del apoyo de estos socios tecnológicos ha logrado brindar un entrenamiento más robusto y especializado a su personal.

En cuanto a la producción, el foco actual está en componentes para cuidado personal: piezas para bombas mecánicas, despachadores de gel, crema, champú y antibacterial. Trabajan principalmente polipropileno y algo de acetal.

En moldes, la complejidad también crece: “Multicavidad” y proyectos en los que el objetivo implica que las piezas califiquen desde la primera prueba, algo que trabajan de la mano con el cliente para lograrlo.

Formar mujeres técnicas, formar futuro

En esta empresa, incluso el nombre es una declaración. Moyá viene del apellido materno de Enrique. Para él, su madre, la señora María Reyes Moya Vera, es símbolo de fortaleza, constancia y trabajo fuerte. Y eso atraviesa la cultura que ha construido.

“Tengo esposa, hijas, hermana y tuve mamá. De ahí el propósito de conseguir que las mujeres logren acceso a las oportunidades”, dice. Luego lanza una idea que se ha convertido en práctica: romper estereotipos. “He aprendido que los moldes no son de fuerza, sino de habilidad. Solo hace falta brindarles el apoyo y decir: ‘Sí podemos’”.

Ese “sí podemos” no se queda en discurso: en la nave de inyección, alrededor del 70 % del personal es femenino. Y el dato resulta más poderoso cuando se entiende el contexto: gran parte de ese talento proviene de Purísima de San Rafael y de comunidades vecinas, donde las opciones laborales para mujeres se concentran, principalmente, en labores del campo o trabajos domésticos.

Moyá decidió instalarse fuera de parques industriales. Enrique lo explica como una combinación de estrategia y convicción: necesitaba estabilidad de personal, pero también quería crear oportunidades donde casi no existían.

Maximino Morales coincide en que la ubicación marca una diferencia. En la práctica, esa oportunidad se traduce en capacitación técnica, estabilidad y un efecto colateral que describe con claridad: “Para nosotros es gratificante ver chicas que llegan con timidez y se transforman. Ganan confianza en sí mismas y en lo que pueden lograr”.

“Aquí me dieron la oportunidad”: las voces de tres técnicas

María Guadalupe Vega, Fátima Mandujano y Ana Daniela Olvera, técnicas de la planta de moldeo por inyección.

María Guadalupe Vega, Fátima Mandujano y Ana Daniela Olvera, técnicas de la planta de moldeo por inyección.

En la planta, el liderazgo femenino se nota en el día a día: operadoras, líderes de turno, capacitadoras, mujeres en áreas técnicas y también en diseño de moldes. Y cuando el conocimiento se multiplica, ocurre lo más valioso: las mujeres enseñan a otras mujeres. Ahí aparece el apartado que mejor retrata el impacto humano detrás de la productividad.

María Guadalupe Vega Olvera llegó a Moyá como practicante mientras estudiaba Ingeniería en Manufactura. Hoy, recién titulada, ya ha pasado por el taller de moldes e inyección. Su relato resume algo que en muchas empresas se promete, pero pocas ejecutan: movilidad interna para aprender.

“Empecé en el taller de moldes… ayudaba a limpiar, a revisar… y después me cambiaron a inyección. Me gusta mucho aprender de los moldes y de las máquinas… tienen un sinfín de cosas”. Más allá de lo técnico, destaca lo que muchas jóvenes necesitan para crecer: confianza y exposición real. “Ha sido una gran oportunidad la de aprender diferentes cosas”.

Sobre el avance de las mujeres en manufactura, su percepción es directa: “Cada vez somos más mujeres… y me hace sentir bien, porque las mujeres necesitamos más en los procesos de manufactura”. Y cuando piensa en habilidades clave, pone sobre la mesa lo que sostiene a un turno: “Trabajo en equipo, comunicación… y ganas de aprender”.

Por su parte, Fátima Mandujano es hoy encargada de capacitación de nuevo ingreso. Llegó en 2021, cuando aún no existía el área de inyección como hoy. Empezó en mantenimiento, luego operó máquina y fue creciendo hasta encargarse de enseñar a quienes entran cómo revisar piezas, empacar, llenar documentación, resolver alarmas y reiniciar equipos.

“Cuando llegué no sabía nada… no conocía una máquina ni nada y ahorita ya sé muchas cosas”, cuenta. Su motor está en esa transformación: “Me siento muy orgullosa de lo que he hecho, de lo que he logrado y espero ir por más”. Para ella, la participación de mujeres en la industria no solo va en aumento: está rompiendo un tabú. “No se necesita fuerza, se necesita habilidad, capacidad y creer en que sí se puede”.

Con respecto al apoyo recibido por la empresa, ella lo describe como un permiso explícito a intentar: “Me dieron la confianza de decir: ‘Tú puedes y hazlo’”. Y cierra con un consejo que suena a mantra para quienes empiezan: “Que no lo piensen, que lo hagan… que no se den por vencidas”.

Ana Daniela Olvera López salió de la prepa a los 17 años, trabajó en otra empresa y llegó a Moyá hace dos años. Hoy es líder de turno en inyección. Coordina personas, reporta defectos, verifica condiciones de proceso y orienta a las operadoras para mejorar su trabajo.

“Me ha gustado mucho aprender… no solo tener un trabajo por tenerlo, sino aprender algo que me sirva para mi vida”, dice. Y añade algo que suele ser invisible: el orgullo de enseñar. “Yo aprendo de ellas y ellas de mí… está muy padre poder enseñarles cómo mejorar su trabajo”.

Bienestar, identidad y una idea clara: el talento primero

La cultura de Moyá también se sostiene en prácticas que Enrique vincula con el bienestar: apoyo para gimnasio como estrategia para reducir el estrés, y proyectos deportivos para fortalecer la identidad, incluso con la integración de familias. “Los plásticos y los fierros ahí se van a quedar… buscamos que el personal se sienta tranquilo, a gusto”.

Al final, hay una filosofía que él repite como brújula: sumar, dividir, multiplicar… y no restar. Sumar historias, contactos, conocimiento. Dividir entendido como compartir lo que se tiene. Multiplicar para que más personas se beneficien. Y no restar.

Moyá mira al futuro con ambición tecnológica: automatización, programación y especialización. El enfoque busca elevar las oportunidades. “El objetivo es especializarnos y que seamos más”, plantea Enrique.

Maximino proyecta crecimiento sin olvidar quiénes son. Si bien todavía se perciben “pequeños” para clientes grandes, reconocen sus fortalezas. “Cuando los clientes nos visitan y entran a la planta, el juicio cambia. Se sorprenden del orden, de la limpieza, de que los procesos estén establecidos… Nos han dicho: ‘¿Cómo puede ser que este molde trabaje tan bien aquí y no en mi planta?’”.

Quizá la respuesta esté en una mezcla poco frecuente: visión, disciplina técnica, formación paciente y una convicción profunda sobre lo que la industria puede significar para una comunidad.

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